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El equipo del Programa Universitario Amazónico (PUAM) realizó una visita a los pueblos kichwas de Sarayaku y Canelos, ambas sobre en la cuenca del río Bobonaza (Pastaza, Ecuador), junto al investigador y economista Gael Giraud S. J., profesor de la universidad Georgetown (Estados Unidos) y al obispo del vicariato de Puyo, monseñor Rafel Cob.

El objetivo de la visita fue establecer un proceso de escucha con la comunidad para compartir la propuesta del PUAM, y conocer y entender sus necesidades educativas e integrar sus experiencias y expectativas al programa de formación superior técnica sobre Gestión Integral y Sostenible del Territorio Amazónico, que el PUAM está diseñando y planificando, y que espera lanzar entre 2024 y 2025.

Una lucha que se convirtió en referencia

Ubicado en Pastaza, provincia de Ecuador, a unos 60 kilómetros al sureste de la capital provincial, Puyo, el pueblo de Sarayaku hoy en día tiene un estimado de mil quinientos habitantes que se encuentran distribuidos en siete centros comunitarios: Kali Kali, Sarayakillu, Chuntayaku, Shiwakucha, Puma, Kushillu Urku y Mawka Llakta.

La historia de resistencia y lucha de este pueblo data de 1889, cuando la comunidad impidió que la empresa ARCO concluya su exploración petrolera. No sería hasta 1996, cuando el Estado Ecuatoriano concesionó un gran porcentaje de las 135 mil hectáreas del territorio Sarayaku a la petrolera argentina CGC y ante el intento de ésta de ingresar por la fuerza al territorio con apoyo militar en 2002, que la resistencia de los pobladores adquiriría una fuerte relevancia nacional e internacional.

La lucha en contra de la extracción petrolera en el territorio del pueblo Sarayaku sería llevada ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y posteriormente ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Convertido en un proceso judicial, el Caso Sarayaku es reconocido por ser un referente en la defensa territorial de pueblos indígenas amazónicos a nivel internacional. Desde 2002 hasta la actualidad esta comunidad se ha mantenido en una permanente resistencia y defensa en contra de los intereses extractivos sobre su territorio y fortaleciendo su propia propuesta alternativa al desarrollo, en clave de su identidad y desde el buen vivir.

Patricia Gualinga junto a su madre, Corina Montalvo, en la capilla de la comunidad.

La organización del pueblo ha sido un elemento fundamental para alcanzar el reconocimiento de sus derechos, factor que destaca Patricia Gualinga, una reconocida lideresa que ha logrado llevar y transmitir la voz de denuncia y resistencia de su pueblo a espacios de incidencia nacional e internacional. Gualinga es cercana a los procesos de defensa de la Panamazonía que acompaña la Iglesia Católica desde 2014, en donde según recuerda, la REPAM –que en aquel momento atravesaba un momento de construcción–, y a través de Mauricio López (quien fuere el primer secretario ejecutivo de la Red), tuvo acercamientos con ella en el propio Sarayaku en un proceso que, para aquel entonces, buscaba abrir espacios de escucha y encuentro con los pueblos de la Amazonía. Actualmente es vicepresidenta de la Conferencia Eclesial de la Amazonía (CEAMA).

“La autodeterminación es lo que ha hecho única nuestra lucha. Decidimos que en nuestro territorio no van a haber industrias extractivas, ni una economía basada en combustibles fósiles. Esa decisión de decir no (a la depredación de su selva), es lo que hace especial esta lucha. Somos un pueblo rebelde, y que defiende la naturaleza, su territorio y su libertad de decidir por principio”, comparte Gualinga.

Hoy Sarayaku, que es una comunidad más organizada y referente en la protección de la Amazonía y la Casa Común, busca convertirse en un espacio de vida como un modelo de desarrollo sustentable de referencia y responder a las necesidades educativas de sus nuevas generaciones.

Una Iglesia cercana

Después de algunas horas por carretera y caminos rurales desde Puyo, y casi tres horas navegando por el río Bobonaza, un pequeño puerto de tierra y cemento nos da la bienvenida a Sarayaku. Aquí los pobladores están ya acostumbrados a las recurrentes visitas de personas de fuera –forasteros– que van en búsqueda de satisfacer sus necesidades académicas, investigativas e incluso científicas. Al recorrer sus rojizos caminos de tierra se hace recurrente escuchar a los pobladores hablar aún de la inundación que en junio de 2020 arrasó con al menos treinta casas, en medio de la pandemia por la Covid-19. Muchos de los pobladores le atribuyen la crecida del río Bobonaza a la deforestación de la madera de balsa, que por su costo y cualidades es codiciada por los madereros de la zona.

Equipo del PUAM junto al Obispo de Puyo y miembros del Vicariato navegando sobre el río Bobonaza.

La comunidad se considera, en su gran mayoría, católica (una opción que el pueblo ha hecho clara y firme a pesar de las críticas de algunos externos al territorio). Una muestra de la cercanía de los pobladores con la religión es la capilla y Misión cercanas a la plaza central. En el lugar vive la hermana Rosario Domínguez, quien recibió y acogió en la Misión al equipo del PUAM, Domínguez es misionera en la comunidad desde hace apenas un año. La religiosa, que es oriunda de Ambato, se ha acostumbrado ya a la cotidianidad de la comunidad de Sarayaku. Intenta –dice– mantener a los pobladores cercanos siempre a la Iglesia, pues la hermana teme por la entrada de grupos evangélicos al territorio. La religiosa no puede presidir misas en la capilla, pero mantiene espacios de espiritualidad cristiana a través de actividades eclesiales y oraciones con los pobladores.

La Iglesia no se ha mantenido lejana a la comunidad pese a las dificultades de acceder hasta su territorio. El propio obispo del Vicariato Apostólico de Puyo, Monseñor Rafael Cob, ha dedicado sus esfuerzos para que la Iglesia de la región se mantenga en la periferia y junto a los pueblos más vulnerables. Cob, que también es presidente de la Red Eclesial Panamazónica (REPAM) entregó, con la ayuda de la Obra episcopal de la Iglesia católica alemana para la cooperación al desarrollo (Misereor) el pasado 19 de mayo, un puente sobre el río Bobonaza, en reemplazo del que se llevó la inundación de 2020. Esta obra facilita la movilidad y conexión de la comunidad.

Pero el puente es apenas una muestra de esa histórica relación, que es como la describe el director del PUAM, Mauricio López, quien también destaca la capacidad política y organizativa de Sarayaku. Y es que la cuenca del Bobonaza “abre muchas perspectivas por la experiencia de más de diez años de acompañamiento de la Iglesia, desde el Vicariato y la Red Eclesial Panamazónica, con la que se han tejido y tejen relaciones con las comunidades de la región”. Un proceso en el que la cercana comunidad de Canelos ha hecho parte también, con sus pueblos ancestrales, campesinos y colonos que, enfatiza López, también son amazónicos.

Es de hecho, toda esa cercanía y confianza de la población hacia la Iglesia, la que ha motivado al equipo del PUAM a proponer un espacio de mutua escucha con Sarayaku. Y gracias a ello, el Consejo de Gobierno de la comunidad programó una audiencia que fue dirigida por su presidente, Hernán Malaver, quien, junto a todo el Consejo y a los pobladores que se dieron cita por la mañana, escucharon y deliberaron sobre lo que el equipo expuso y propuso.

La hermana Rosario Domínguez lava algunos platos después del almuerzo.

Nuevos tiempos, nuevos desafíos

Hernán Malaver Santi es el nuevo presidente de Sarayaku, lleva el título desde mayo de este año, es abogado por la Universidad Técnica Particular de Loja (UTPL) y fue parte del equipo legal de la comunidad que llevó el Caso Sarayaku. Malaver recuerda aún el triunfo de la comunidad frente a la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y como ese triunfo ha inspirado a otros pueblos en la defensa de sus territorios y sus derechos. Dice que lejos de quedarse ahí la comunidad ha “empezado a tejer lazos y alianzas estratégicas para defender el Kawsak Sacha (Selva Viviente)”.  Recuerda como “la REPAM ha sido una aliada para proteger la selva amazónica y nuestro territorio”.

La experiencia de la comunidad se ha plasmado en su organización política y jurídica. Pero para Malaver en materia de educación falta mucho por hacer. “A nivel de educación nos falta mucho por construir y por ello nosotros hemos dicho desde la dirigencia, desde los líderes, que no queremos que todos los estudiantes sean políticos o líderes, sino también estudien otros temas, como comunicación, como (materias) audiovisuales, que sean emprendedores y que apoyen construyendo el plan de vida de Sarayaku”, dice el presidente y expresando también su anhelo y el de la comunidad de “fortalecer la educación de los jóvenes”.

En la audiencia estuvo presente la secretaria general de PUAM, Susana Espinosa. Para ella es fundamental entender que “la propuesta que trae el Programa es la de caminar juntos”. Destaca que para el equipo “es simbólicamente muy importante dar continuidad a lo tejido ya con el pueblo de Sarayaku en procesos de Iglesia en la Panamazonía, y de sumarnos a apoyar las causas de defensa de este territorio y de su propuesta de Kawsak Sacha o Selva Viviente”.

Una de las asistentes al espacio de encuentro con el PUAM fue Patricia Gualinga. Ella rescata que “la educación es un pilar fundamental de Sarayaku, y siempre se la ha visto de esa manera. Si no priorizamos la educación la comunidad se quedará en el tiempo”. Para ella es necesario fortalecer la identidad del pueblo “para que los jóvenes puedan educarse sin renegar de sus principios e identidad, que sepan los conocimientos ancestrales (…) y que se complementen con el conocimiento occidental, para que les permita interrelacionarse y que pueda permitir explicar la visión y propuesta de los pueblos indígenas”.

El Consejo de Gobierno de Sarayaku escucha las propuestas del equipo del PUAM.

Al hablar de la propuesta formativa del Programa, el director del PUAM, Mauricio López, recuerda que esta “solo tiene sentido desde el principio encarnación“, es decir, desde “espacios territoriales concretos, con presencia comunitaria y dinamismo de articulación social, política, ecológica, cultural e incluso espiritual”. Es por lo que, para López, es necesario “crear puntos de convergencia que no son infraestructuras, sino que son espacios de encuentro para que la vida pueda acontecer en el intercambio y desde ahí entrar al proceso formativo en clave de educación superior”.

La educación tradicional no ha entendido a los pueblos amazónicos

En la Misión nos encontramos con Hilda Santi, ella fue –allá en 2011– la primera mujer presidenta de Sarayaku, y en 2017 dirigió la comisión de Educación de la comunidad. Santi carga consigo una gran parte de la historia de su pueblo, de la que ella mismo fue –y es– parte, escucharla es hacer recorrido del camino de resistencia de la comunidad.

La expresidenta de la comunidad reconoce que la educación es un importante desafío hoy en día para la comunidad: “Tenemos la esperanza de que nuestros hijos se eduquen, con una educación propia del pueblo”, nos dice. Ella es crítica con los planes de educación de pasados –y presentes– gobiernos, que no han entendido la forma de hablar y de comunicarse de la comunidad. Recuerda que, “sin el consentimiento de la comunidad, en los libros del Ministerio de Educación de Ecuador se incluyó una escritura que no es del pueblo”. Exige también que el Ministerio de Educación cumpla con lo que la actual ministra acordó en su visita a la comunidad en 2021.

Santi es clara en expresar el proceso de educación que deben seguir las nuevas generaciones de la comunidad. “Nuestros hijos, desde pequeños, deben aprender de los dos mundos: del mundo kichwa y del occidental hasta llegar a la universidad, para que el conocimiento sea igualitario”. Y es que Santi con preocupación nos comenta que muchos jóvenes se han alejado de sus costumbres y culturas, problemática que les ha motivado a proponer su propia malla curricular, para que su identidad y cultura se preserven.

Frente a ese temor es que Susana Espinosa enfatiza también en que “el Programa Universitario Amazónico pondrá a disposición del pueblo de Sarayaku, y de los pueblos amazónicos en general, los procesos que se generen en la línea formativa, de investigación y de fortalecimiento o servicio local”. Espinosa considera importante también que las experiencias, aprendizajes y desafíos del pueblo puedan ser compartidos en el contexto Panamazónico más amplio.

Pobladores de la comunidad Sarayaku se dieron cita a la audiencia con el PUAM.
Algunos de los pobladores de la comunidad se dieron cita a la audiencia con el PUAM.

Al profesor de educación básica del centro comunitario Chuntayaku, Camilo Guerra, le preocupa el poco acceso de los jóvenes al sistema educativo universitario. Afirma que apenas un dos o tres por ciento de los bachilleres logran entrar a una universidad, el resto asisten a cursos o formaciones técnicas. “Yo creo que esto se debe a limitaciones económicas, porque no pueden pagar arriendos, pasajes, herramientas de educación”, nos comenta. Es por esa realidad que el observa desde su territorio que ve con buenos ojos la propuesta del PUAM y la de los Centros Comunitarios de Aprendizaje.

Mauricio López explica que “los centros comunitarios de aprendizaje son el instrumento que el Programa Universitario Amazónico pondrá al servicio de distintas territorialidades”. Destaca también que la propuesta se apoya en la propuesta educativa del Jesuit Worldwide Learning (JWL), “que es un instrumento de estructura y sistematización de programas formativos de educación superior y que nos ayudan en nuestra propia experiencia”.

El PUAM está acudiendo a sitios en donde, según explica el director, “hay expresiones de la Iglesia encarnada que cuentan con legitimidad, capacidad de respuesta y acompañamiento y personas que puedan acompañar la continuidad de los procesos más allá de lo formativo y de la experiencia de educación superior, es decir en la continuidad comunitaria”. Es por esas condiciones que los Centros no se conciben de manera masiva, sino que complementan a la experiencia de más de una década con la REPAM y con la Iglesia particular para ubicarnos en sitios donde se cumplen las condiciones descritas por López.

“El diálogo y la construcción conjunta con los sujetos, mujeres y hombres, que habitan el territorio nos confirman que es necesario seguir tendiendo puentes”, comparte López como el aprendizaje y reafirmación de esta visita. Para él, es indispensable recurrir a todas esas presencias eclesiales históricas, que llevan años de conexión y de acompañamiento, y que refuerzan el sentido de la presencia eclesial que acompañan la identidad y la afirmación cultural y la defensa del territorio de las comunidades.

Con estas primeras experiencias el PUAM está pensando en distintos Centros Comunitarios de Aprendizaje en Ecuador, Colombia, Perú, Brasil y eventualmente también en otros sitios de la Panamazonía.

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