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Este miércoles 22 de mayo se celebra el Día Internacional de la Diversidad Biológica. Dos años atrás, en 2020, el mundo adoptaba “El Plan de Biodiversidad” en el que se establecen metas y medidas para detener y revertir la pérdida de ecosistemas hasta 2050.

Este plan presenta una oportunidad –a través de un llamado de las Naciones Unidas– en la que los poderes estatales, los pueblos indígenas, las comunidades locales, las organizaciones no gubernamentales, los sectores empresariales y la sociedad en general se involucren en la defensa, promoción y protección de los diversos ecosistemas del mundo y a todos quienes los habitan.

La Amazonía está en cuenta regresiva

Los intereses extractivos sobre la región panamazónica son de larga data y ampliamente conocidos, y es que los productos de esos intereses, convertidos en proyectos industriales, habitan nuestra cotidianidad: desde cómo nos movemos hasta lo que llevamos a nuestros estómagos. Toda la cadena de producción se ha diseñado para que, particularmente, las urbes gocen de comodidades que, de manera proporcional, las comunidades indígenas y campesinas ven cada vez más distantes: educación, salud, agua limpia, movilidad, derecho a la vida.

Según el informe Amazonía Viva de WWF, a 2022 el 18 por ciento de los bosques amazónicos se perdieron y un 17 por ciento más están en peligro, de continuar con estas pérdidas el mundo podrá observar cómo la Amazonía alcanza un punto de no retorno.  Esto implicaría la afectación directa de los medios de subsistencia de 47 millones de personas, 511 grupos de pueblos indígenas, y el 10% de la biodiversidad del planeta. ¿Efectos sobre el cambio climático y la biodiversidad? Sí. La selva amazónica almacena entre 367 y 733 gigatoneladas de dióxido de carbono (CO2) en su vegetación y suelos, de llegar al punto de no retorno sería inviable llegar al objetivo mundial de mantener el calentamiento global dentro de 1,5 grados centígrados.

Un dato que debería ser relevante y de conocimiento general para que lo anterior tenga sentido es este: según la secretaría de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) en 2021 se emitieron 36 mil 300 millones de toneladas de dióxido de carbono en todo el mundo (una gigatonelada equivale a mil millones de toneladas). Eso y que muchos países no son muy honestos en cuanto a sus emisiones.

Seguramente, y para muchos negacionistas del cambio climático o de la existencia de pueblos indígenas aislados, todo intento de protección a cualquier territorio biodiverso del mundo no es más que un intento comunista o progresista de frenar el tan anhelado –y mal entendido– desarrollo. Sí, desarrollo, ese concepto que exitosamente se ha logrado permear en la discusión social y que ha convencido, a no pocos, que el capital está por encima de la vida, de toda la vida. Particularmente la vida que se invisibiliza, esa que de manera descarada se esconde de las masas para evitar el cuestionamiento y la participación social en esas decisiones, que a los propios pueblos originarios se les niega tomar.

Pero ¿y esto que tiene que ver con lo que celebramos el 22 de mayo?

Decía el Papa Francisco, en el número 91 de su carta encíclica Laudato Si’: “Todo está conectado. Por eso se requiere una preocupación por el ambiente unida al amor sincero hacia los seres humanos y a un constante compromiso ante los problemas de la sociedad”.

La invisibilización de las realidades ajenas a las urbes bloquean cualquier tipo de discusión y cuestionamiento de nuestro modelo económico y de consumo. ¿Vale un proyecto minero la pérdida prácticamente irreparable de fuentes hídricas? ¿Valen más los miles de barriles diarios de petróleo que la vida de las comunidades cercanas a su extracción? (Que ahora mismo están muriendo de cáncer). ¿Vale la pena incendiar millones de hectáreas de bosques para hacer de esas tierras plantaciones de palma?

Hay cientos de preguntas que nos debemos hacer, y que seguramente nos hacemos.

Hacerse preguntas está bien, de hecho, es necesario. Cuestionarse –aún con el riesgo de perdernos en disonancias cognitivas e incomodarnos es un primer signo de esperanza. Es, para quien escribe esto, el primer paso. El primer paso para preocuparnos por defender, por ejemplo, ese 74 por ciento de territorio amazónico que aún se mantiene intacto o sobre el cual los efectos de las actividades humanas aún son de bajo impacto. Incluso podemos preguntarnos si podemos hacer algo para aportar en la recuperación de ese 6 por ciento más de ese territorio amazónico y revertir el punto de no retorno.

Desde el Programa Universitario Amazónico (PUAM) nos hemos hecho una pregunta más. ¿Y si los pueblos y comunidades amazónicas se vuelven protagonistas de esa lucha por la defensa de sus propios territorios y la biodiversidad que los habita?

Es menester acompañar a esa pregunta con otras más, por ejemplo:

¿Qué necesitan para lograrlo?

¿Qué necesitan para defender su vida, cultura, tradiciones, lenguas?

¿Qué necesitan para decidir?

Esas respuestas nos las ofrecen desde el propio territorio. La gente que vive y sueña con sus selvas libre de amenazas, con su agua limpia y llena de vida nuevamente, esas personas que desde su sabiduría y conocimiento nos responden contundentemente.

Educación para defender sus tierras, educación para afirmar sus criterios y no dejarse engañar, educación para preservar su cultura y lengua, educación para defender la vida. Para el PUAM es fundamental convertir a la educación superior en la herramienta que fortalezca los procesos de defensa y promoción de derechos de los propios pueblos indígenas y comunidades amazónicas. Después de todo, el 80 por ciento de la biodiversidad global está en territorios indígenas, y son justamente ellos quienes se están enfrentando cambio climático.

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